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Los problemas sexuales son tan comunes que constituyen la principal queja en la mayoría de los matrimonios.
Sin embargo, el hecho de ser comunes no les resta importancia. Todo lo contrario: las dificultades sexuales suelen repercurtir en otras esferas de interacción de la pareja. Y al revés: pueden ser consecuencia de otros problemas de relación matrimonial.
Es importante señalar que las disfunciones sexuales no son , por sí mismas, una manifestación de discordia: muchas parejas felices tienen estos problemas: Master y Johnson, famosos investigadores norteamericanos, estimaron en 1970 que una de cada dos parejas presentaban desaveniencias sexuales.
Más recientemente, algunos sicólogos norteamericanos hicieron un estudio en cien parejas que no estaban en terapia. La mayoría evaluaba sus matrimonios como muy satisfactorios, pero el 63 por ciento de las mujeres y el 40 por ciento de los hombres tenían disfunciones sexuales de distinto tipo.
Queda demostrado, entonces, que una disfunción sexual no siempre causa insatisfacción o quiebre serio en el matrimonio.
Las disfunciones sexuales ocupan gran parte del caudal de preocupación del hombre moderno. Si bien es un tema que circula “abiertamente” por los medios de comunicación, la experiencia personal se transforma, la mayoría de las veces, en un relato frustrante, secreto y vergonzante.
Los mitos acerca de las disfunciones sexuales masculinas comparten su multiplicidad con la mitología sexual que marca nuestra cultura: se ve, se escucha y se sabe, pero los temores remiten a lo primitivo y a lo profundo.
Nuestra naturaleza se encarga de brindarnos un legado genital que ayuda a la hora de nuestras definiciones sexuales; pero ni alcanza ni es suficiente por sí mismo. La genitalidad no es garantía de una determinada identidad sexual. Nuestra identidad sexual se imbrica profundamente en una urdimbre social y cultural que define género. Lo masculino y lo femenino. Y las disfunciones sexuales se entroncan, muchas veces, con este mandato de género que determina no solamente comportamientos sociales sino también –comportamientos y performances- sexuales.
Así como se habla de frigidez femenina, vaginismo o trastornos menopáusicos, encontramos la impotencia masculina, la eyaculación precoz y el climaterio. Las disfunciones no prefieren sexo, si bien es cierto que la naturaleza del orgasmo en la mujer le permitiría no hacer evidente al menos la frigidez. Una mujer puede, incluso para salvaguardar su identidad sexual, fingir orgasmos. La disfunción sexual en el hombre es evidente, inocultable y por eso mismo, atemorizante y ansiógena.
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